El Hechizo de Ichiro

Dionel Vecchini

Seattle, WA.


El bate de la estatua se rompió el mismo día en que los Mariners más necesitaban reparar los suyos. 

Pero no era cualquier bate. Era el de Ichiro Suzuki. Para el japonés, no era solo una pieza de madera; era una extensión de su cuerpo, una herramienta. Su “sable”. Era también el símbolo de su disciplina obsesiva y de su deseo de rozar la perfección. Si algo parecía irrompible, era precisamente eso.

Embed from Getty Images

Ichiro cuidaba sus bates como pocos. Para protegerlos de la humedad, los transportaba en una cámara especial que evitaba cambios en la madera. Era tan meticuloso que los cargaba él mismo, incluso hasta su habitación, donde practicaba el swing por las noches. Una vez, por frustración, lanzó uno de sus bates. Luego, arrepentido, llamó al artesano que se los fabricaba para pedirle disculpas.

Para Ichiro, el juego exigía respeto y preparación. Seguía un ritual estricto antes de cada partido, siempre con la mente puesta en conectar, si era posible, cinco hits en cinco turnos. Cada uno de sus movimientos formaba parte de una secuencia estudiada, una que parecía salir de memoria. Basta cerrar los ojos para verlo estirarse, caminar hacia el plato, colocar la mano izquierda sobre su hombro y atravesar el bate con su mirada, como midiendo de antemano la trayectoria de su siguiente batazo.

Embed from Getty Images

Pero esta vez, esa imagen no estaría intacta.

“Yo no lo hice”, dijo Ken Griffey Jr., abrazando a Ichiro entre risas. “The Kid”, junto a Edgar Martínez, acababa de retirar el manto azul que cubría la estatua, mientras la voz legendaria de Rick Rizzs repasaba la carrera del japonés frente a decenas de personas reunidas en Edgar Martínez Drive, todavía sorprendidas por la inesperada escena.

Ichiro sonrió y siguió adelante.

Embed from Getty Images

Con ese humor picante y filoso que siempre lo acompañó, lanzó una frase que quedará unida a esta historia: “No pensé que Mariano vendría a romper el bate”, bromeó el japonés. La ocurrencia eleva a un grande como Mariano Rivera, pero también roza una herida propia: a Ichiro le faltó un solo voto para la unanimidad en el Salón de la Fama, un honor que, como Rivera, también merecía. 

La grieta empezaba a pesar más que un simple accidente. Apareció justo cuando los Mariners atravesaban un arranque ofensivo con muy poco que mostrar. Venían de ser barridos por los Texas Rangers y arrastraban un promedio colectivo de apenas .184. Más que un accidente, esa fractura pareció un reflejo del equipo.

Embed from Getty Images

A pocas horas de iniciar su serie ante Houston, el corazón ofensivo de Seattle seguía apagado. Cal Raleigh cargaba todavía con la sombra de un Clásico Mundial para el olvido, mientras Julio Rodríguez y Josh Naylor aún no lograban hacerse sentir. Para completar el cuadro, Josh Adell les había robado tres cuadrangulares en Los Ángeles, como si incluso los batazos bien conectados estuvieran condenados a la desdicha.

Embed from Getty Images

Más tarde, el bate volvió a su sitio, aunque no del todo reparado. Pero algo parecía haberse puesto en movimiento. Esta vez, adentro del T-Mobile Park y también en los bates de los Mariners.

Seattle barrió a los Houston Astros en cuatro encuentros, con 29 carreras y 37 hits. Julio Rodríguez conectó su primer cuadrangular, Josh Naylor sacudió dos jonrones, Randy Arozarena disparó un misil al segundo piso del jardín izquierdo y Cal Raleigh encontró también su primer vuelacercas para asumir el liderato del club en impulsadas con 10. Hasta Luke Raley terminó contagiado por el despertar ofensivo.

Embed from Getty Images

Que el bate de Ichiro, símbolo del hit, apareciera quebrado justo en medio de este arranque ofensivo parecía una ironía demasiado perfecta. Y, sin embargo, terminó inspirando. A veces, mientras más se persigue esa respuesta en medio de la frustración, mientras más se busca ese milímetro que separa el contacto del hit, la salida aparece en algo más simple: una sonrisa, una carcajada, la capacidad de reírse de la desgracia y volver a disfrutar el juego.

Por unos días, al menos, pareció que la inspiración había llegado del lugar menos esperado: de ver quebrado el sable de Ichiro Suzuki. Ichiro convirtió un bate roto en una escena memorable. Los Mariners, la usaron para terminar con su crisis ofensiva. Y por unos días, aquella fractura no fue una mala señal. Fue una bendición.


Si disfrutaste este artículo y quieres ver más contenido como este, te invito a seguirnos en redes sociales, tu apoyo nos ayuda a seguir contando historias:

También puedes subscribirte para recibir nuestros artículos directamente en tu correo



Discover more from ¿Cuál Podcast?

Subscribe to get the latest posts sent to your email.

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Scroll to Top