Debut Insípido para los Seattle Mariners

Dionel Vecchini

03-Apr-25


Seattle, WA – Con récord de 3-4 en sus primeros siete juegos en casa, los Mariners han tenido un arranque que no ilusiona. Es cierto que la temporada apenas comienza, pero el problema en Seattle no es nuevo: se repiten los mismos fantasmas de los últimos años. Falta de contundencia ofensiva, dependencia de ejecutar un plan perfecto y el viejo milagro del “chaos ball” para poder ganar.

El nuevo cuerpo técnico, con figuras como Dan Wilson y Edgar Martínez, ha apostado por estabilizar el corazón ofensivo con Víctor Robles, Julio Rodríguez, Cal Raleigh y Randy Arozarena. Pero el resto del lineup continúa siendo una incógnita, dando la impresión de un experimento ‘sabermétrico’ constante que varía según el lanzador rival… o de quién sabe qué.

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La fortaleza de Seattle sigue estando en sus brazos. Justin Turner los definió como “un unicornio”, pero también criticó que no se invirtiera en ofensiva. Esa observación abre una pregunta incómoda: ¿quieren realmente los bateadores venir a Seattle, sabiendo que el parque no favorece sus estadísticas?

Ante la duda —y quizás la negativa— de los toleteros de sumarse al club, la directiva parece haber apostado por consolidar una identidad de equipo de pitcheo. Lo han hecho bien. Pero confiar en exceso en ese pilar es una receta riesgosa. A la lesión de George Kirby se sumó una apertura para el olvido de Emerson Hancock, que precipitó su envío a ligas menores y dejó la rotación con poco margen de error.

Estas fragilidades obligan al equipo a jugar cada noche en “modo playoffs” para poder competir. Y ese nivel de tensión no se sostiene durante 162 juegos.

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El último duelo ante Detroit fue una muestra clara de lo que necesita Seattle para ganar. Dylan Moore se multiplicó en el campo para evitar la barrida: robó una base clave, forzó un error mental del segunda base al evitar un doble play, lanzó a la goma para frenar la carrera del empate en el noveno y, como si fuera poco, le conectó cuadrangular al triple coronado y ganador del Cy Young, Tarik Skubal. Todo eso en una sola noche. Gracias a él, y a un Luis Castillo que dominó durante siete entradas, los Mariners sobrevivieron a un Andrés Muñoz tambaleante y cerraron la serie con un sufrido 3-2.

Pero actuaciones como esa son la excepción, no la norma. Seattle necesita jugar cada noche al filo de la navaja para tener una oportunidad. No hay margen. Cada victoria se siente como una faena perfecta. Un error, una base por bolas, un bateador frío… y todo se viene abajo. Ese nivel de exigencia emocional, táctica y física no es sostenible en una temporada completa. No se puede competir por un puesto en los playoffs dependiendo de una chispa divina.

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Por otro lado, Jorge Polanco ha sido el motor silencioso del equipo, complementando de manera brillante a Arozarena y a un Robles cada vez más cómodo en el primer turno. Julio Rodríguez, por su parte, sigue siendo el rostro de la franquicia. Conectó uno de los jonrones más largos que se recuerden en T-Mobile Park —comparable incluso con los del Home Run Derby—, y aunque ayudado por una brisa inusual en Seattle, el batazo fue puro talento y poder descomunal.

Ahora, con este modesto récord, el equipo se dirige a San Francisco, donde los esperan Justin Verlander y Robby Ray en los dos primeros encuentros de la serie. Una prueba agria para una ofensiva que necesita dejar de experimentar, ajustar el lineup y anclar jugadores de forma definitiva. De lo contrario, la temporada podría terminar más temprano que tarde. Y en Seattle ya no alcanza con prometer futuro.


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